Zora Neale Hurston, The Gilded Six-Bits, 1933
Begik arrapatutako unea (cc)



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Berlineko bidea beribili nahian nenbilela, anaia galdu zaidala (edo galdu dela) beste bide baten ertzeren batean konturatu naiz.
gente grande, de gente chica, todas diferentes, curvadas, no paralelas, a veces convergentes y a veces divergentes. Desde la distancia, todas iguales e impenetrables. Desde la cercanía, distintas y penetrantes.
La segunda, Tacheles, un monumento a la contracultura asumida. Se le puede tachar (tácheles, sí) de asimilada, pero sigue siendo un símbolo de alzamiento popular, de gamazada como las de antes. Aquí ya no nos quedan, nunca seremos una ciudad retro-postmoderna. En la que se recoja lo bueno de la modernidad, y se elimine lo malo. Berlín, ciudad lenta.
Otra vez haré daño. Entonces, a qué me dedico?? Dejo de vivir, dejo de experimentar para no hacer sufrir?? Las (pocas) veces que he sido explicito (franco, creo que siempre, casi) te terminan dando catecismos y mandándote penitencia por presuponer que la mujer es lo que es la mujer del estereotipo. Y cuando no lo haces (igual es la ilusión de esa persona la que te "previene" de hacerlo --- sorry, english is ubicuous somehow), resulta que la madeja se enreda, teseo no puede con el hilo. Y entonces, dolor. Entonces, cobardía. Entonces mi puto no querer dar malas noticias, no plantar cara. Llegaré con la solución ya hecha, sin ganas de luchar, simplemente convencido de que no merece la pena hacerlo. La verdad es que estoy agusto, pero el panorama que veo es plano. Y no dejé una cosa ondulada (o montañosa que dejamos se ondulase o aplanase), para irme a vivir a planilandia. Cuanto más se enrede, más dolor. Supongo que habrá que cortarlo pronto.

"Herbal se apoyó en el quicio de la puerta. En la noche lluviosa y venteada, el neón de la valquiria parpadeaba con una obscenidad triste. El perro del cementerio de cochesle ladraba a la procesión de faros. Una letanía de buril en la oscuridad. Herbal notó el ahogo y deseó que lo arrastrara por dentro una ráfaga de aire. Por el camino arenoso que llevaba a la carretera, la vio por fin venir. La Muerte con sus zapatos blancos. Por instinto, palpó buscando el lápiz del carpintero. ¡Ven, cabrona, ya no tengo nada!